María de la O Lejárraga (1874-1974)
Sólo dos personas han dejado de ponerse en pie y aplaudir la excelente representación de Canción de cuna en el teatro Lara el 21 de febrero de 1911. Una de ellas es el «autor», Gregorio Martínez Sierra, que comenzaba así una prolífica carrera como dramaturgo y novelista; la otra persona que asiente de brazos cruzados es su esposa, María de la O Lejárraga, escritora de prácticamente todo lo que firmó su marido Gregorio.
María y Gregorio se casaron en 1900, en 1906 Gregorio se enamora de la actriz Catalina Bárcena, en 1922 tiene un hijo con Catalina lo que provoca la ruptura del matrimonio. Para entonces la inteligencia de María Lejárraga ya había sido apreciada por músicos como Manuel de Falla y por poetas como Juan Ramón Jiménez, con quienes trabó una especial amistad. María siguió escribiendo para su marido, pero ello no la impidió iniciar una actividad política que se tornaría intensa con el advenimiento de la República, en la que fue elegida diputada por Granada en noviembre de 1933.
Los desastres de la Guerra Civil nos han traído a mártires fundamentalmente masculinos: García Lorca, Miguel Hernández, Cernuda, Machado. Poco se sabe y poco se enseña de la suerte de mujeres como ella (Rosa Chacel, María Zambrano) que sufrieron igual que sus compañeros el exilio. Suiza, Italia, y Francia, donde tuvo que vivir clandestinamente debido a la posterior ocupación nazi, vieron el destierro, el hambre y la ceguera de esta mujer. En 1950 decide emigrar a Argentina donde pasará el resto de sus días apoyando numerosos proyectos culturales y escribiendo su periplo biográfico. Vivió casi cien años. En una de sus últimas cartas se puede leer:
María y Gregorio se casaron en 1900, en 1906 Gregorio se enamora de la actriz Catalina Bárcena, en 1922 tiene un hijo con Catalina lo que provoca la ruptura del matrimonio. Para entonces la inteligencia de María Lejárraga ya había sido apreciada por músicos como Manuel de Falla y por poetas como Juan Ramón Jiménez, con quienes trabó una especial amistad. María siguió escribiendo para su marido, pero ello no la impidió iniciar una actividad política que se tornaría intensa con el advenimiento de la República, en la que fue elegida diputada por Granada en noviembre de 1933.
Es preciso, si se quiere libertar al pueblo, librarle de la esclavitud del hambre y de la esclavitud del terror.
Los desastres de la Guerra Civil nos han traído a mártires fundamentalmente masculinos: García Lorca, Miguel Hernández, Cernuda, Machado. Poco se sabe y poco se enseña de la suerte de mujeres como ella (Rosa Chacel, María Zambrano) que sufrieron igual que sus compañeros el exilio. Suiza, Italia, y Francia, donde tuvo que vivir clandestinamente debido a la posterior ocupación nazi, vieron el destierro, el hambre y la ceguera de esta mujer. En 1950 decide emigrar a Argentina donde pasará el resto de sus días apoyando numerosos proyectos culturales y escribiendo su periplo biográfico. Vivió casi cien años. En una de sus últimas cartas se puede leer:
Las mujeres socialistas debemos enseñar, enseñar sobre todo una asignatura única: La solidaridad humana.



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